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Fecha
Fuente
UAM
Autor
Javier Gilabert Juan y Blanca Sánchez Moreno

Los periodos críticos del cerebro y cómo favorecer un neurodesarrollo óptimo

Los posibles peligros para el desarrollo cerebral pueden ser de dos tipos: biológicos (toxinas, malnutrición, enfermedad crónica) o psicosociales (maltrato, violencia doméstica, rechazo, fracaso)

Incluso antes de nacer, los humanos estamos aprendiendo o adquiriendo capacidades. En el vientre materno ya comenzamos a educar a nuestra corteza auditiva, aprendemos a escuchar. Sin embargo, no es hasta la adolescencia tardía cuando terminamos de educar a nuestro cerebro social. Todo ese proceso secuencial de aprendizaje forma parte de la maduración cerebral o neurodesarrollo tardío. Por lo que, aunque es cierto que nunca dejamos de aprender, el aprendizaje es mucho más intenso y fundamental en los primeros años.

A lo largo del desarrollo cerebral existen determinados momentos en los que nuestro cerebro es extremadamente moldeable y va a remodelarse sobre la base de los aportes del entorno. Estas ventanas de plasticidad se conocen como periodos críticos. Tienen lugar durante la infancia y la adolescencia, y nos permiten adquirir habilidades y capacidades de tipo sensitivo (audición o vista), motor (caminar o ir en bicicleta) o social (el lenguaje).

Lo interesante es que, en estos periodos, el neurodesarrollo puede verse dificultado o potenciado por distintos factores. Se trata de momentos de plasticidad en los que nuestro cerebro tiene mucha capacidad para aprender, pero en los que también se encuentra más expuesto a posibles peligros que complicarían este aprendizaje.

Las adversidades durante los periodos críticos

Los posibles peligros para el desarrollo cerebral pueden ser de dos tipos: biológicos (toxinas, malnutrición, enfermedad crónica) o psicosociales (maltrato, violencia doméstica, rechazo, fracaso). Son adversidades que provocan una desviación del ambiente ideal y esperado y complican el correcto desarrollo cerebral y, por tanto, la adquisición de nuevas capacidades o el aprendizaje.

Si son muy intensos o se mantienen durante demasiado tiempo, pueden terminar alterando los mecanismos cerebrales que consolidan las funciones o conocimientos adquiridos, incluso dando lugar a trastornos mentales en el adulto.

El impacto de estos elementos adversos en el aprendizaje está determinado por tres características fundamentales:

  1. La primera es el momento en el que se producen: una adversidad es más grave si ocurre durante un periodo crítico, cuando el cerebro es más plástico y está abierto al aprendizaje de una habilidad. Es decir, es mucho peor que ocurra en etapas tempranas del desarrollo que en individuos adultos. Además, esta carencia puede ser arrastrada durante el resto de la vida y afectar a la adquisición de otras capacidades.
  2. La segunda característica es la intensidad de la adversidad. No es lo mismo sufrir una infección leve que una enfermedad más lesiva con daños importantes que retrasen todos los procesos madurativos.
  3. La tercera sería la duración y frecuencia del elemento nocivo. Desarrollarse en un entorno violento, con continuas muestras de agresión, provoca un efecto mucho más profundo que presenciar o sufrir un único evento violento.

¿Es lo mismo el estrés que la adversidad?

Cuando hablamos de adversidad, no nos estamos refiriendo a cualquier situación estresante. El estrés es una respuesta adaptativa ante una situación difícil que desencadena una serie de procesos fisiológicos, y la adversidad puede estar relacionada con el estrés o no. Por ejemplo, una situación de maltrato o violencia familiar genera una respuesta fisiológica al estrés muy potente. Y supone, al mismo tiempo, una gran adversidad con respecto al aprendizaje o a la adquisición de determinadas habilidades.

Pero hay otro tipo de adversidades, como la carencia de algunas vitaminas (entre ellas, la B1) o la exposición a un lenguaje pobre durante el desarrollo temprano, que no desencadenan una respuesta fisiológica al estrés y, sin embargo, suponen un gran impedimento para el correcto aprendizaje.

Finalmente, una infección gripal o la preparación de un examen son situaciones que pueden generar cierto estrés, pero que, en principio, no van a suponer un elemento negativo en el aprendizaje.

Uso y abuso de pantallas

El uso excesivo de pantallas en los niños es una preocupación de salud pública debido a su impacto en el neurodesarrollo y aprendizaje. Como hemos comentado, un cerebro plástico en desarrollo necesita una correcta estimulación para alcanzar una adquisición de habilidades óptima.

Aunque los dispositivos digitales pueden ser útiles para la educación y el aprendizaje, el abuso se ha relacionado con un peor rendimiento académico. Por ejemplo, el tiempo excesivo frente a la pantalla a edades tempranas afecta al desarrollo del lenguaje, ya que reduce la cantidad y calidad de las interacciones con otros individuos. Sin embargo, el uso de contenido adecuado y la educación apoyada en la visualización de pantallas pueden influir positivamente.

En el ámbito socioemocional, el abuso de las pantallas aumenta el riesgo de trastornos de la alimentación y del sueño y de trastornos afectivos, ansiedad y depresión. Debemos pensar que el tiempo que se dedica a las pantallas no se dedica a la interacción social, con el consiguiente detrimento en el desarrollo de la empatía o del aprendizaje emocional.

Para minimizar estos efectos negativos, los adultos debemos establecer límites, ofrecer alternativas de ocio y dar ejemplo de un uso adecuado de los dispositivos digitales. Recordemos que parte del aprendizaje consiste en imitar los comportamientos observados.

¿Cómo podemos favorecer el aprendizaje?

La mejor manera para que se produzca un neurodesarrollo adecuado es crear un entorno seguro y estimulante. Como ya hemos explicado, la adversidad, ya sea de tipo biológico o psicosocial, supone una desviación del entorno esperado, una alteración de los elementos que construyen nuestro cerebro y sus conocimientos. Por lo tanto, crecer en un entorno seguro y predecible favorecerá el correcto aprendizaje.

La estimulación permanente es esencial para mantener el cerebro plástico. Por ejemplo, los videojuegos son particularmente potentes para activar mecanismos de atención, y pueden ser utilizados para prolongar los periodos críticos de plasticidad.

Finalmente, el aprendizaje social, el contacto humano, es vital. Se ha demostrado que el aprendizaje es mucho más eficiente cuando se enseñan los conceptos en persona que a través de pantallas. Además, los bebés que se muestran más comprometidos socialmente con sus educadores desarrollan un mayor grado de aprendizaje. Es por ello por lo que hay que fomentar la participación y la interacción para mejorar el proceso.The Conversation


Autoría: Javier Gilabert Juan, Profesor de Histología y Neurociencia, Universidad Autónoma de Madrid y Blanca Sánchez Moreno, Investigadora predoctoral en Neurociencia, Universidad Autónoma de Madrid

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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