Una antigua explotación agrícola intenta demostrar que recuperar la naturaleza también puede ser un negocio rentable
Hace cuatro años, una empresa compró 617 hectáreas de campos de trigo y habas en Lincolnshire, una de las principales regiones agrícolas de Inglaterra. Después dejó de cultivarlas.
En este artículo publicado en The Guardian nos hablan del proyecto Boothby Wildland, que pretende restaurar un paisaje empobrecido por décadas de agricultura intensiva. Los responsables han eliminado fertilizantes y pesticidas, excavado nuevas charcas, comenzado a recuperar el curso natural de un río e introducido castores en un recinto vallado. En los campos han reaparecido plantas consideradas malas hierbas, además de topillos, armiños, búhos, milanos y otras aves.
Pero Boothby no es solo un experimento ecológico. También intenta construir un modelo empresarial basado en créditos de biodiversidad y carbono, subvenciones por servicios ambientales y, en el futuro, ecoturismo. Su objetivo es demostrar que restaurar ecosistemas puede atraer inversiones privadas y generar más beneficios que cultivar terrenos agrícolas poco productivos.
El reportaje de Patrick Barkham sigue durante cuatro años la transformación de la finca, pero también las dudas que despierta. Algunos vecinos celebran el regreso de la fauna; otros temen la pérdida de tierras agrícolas, la expansión de las malas hierbas o que la conservación se convierta en una nueva forma de especulación financiera.