Entrevista a Juan Pimentel, historiador del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y guionista de "Tesoros y fantasmas de la ciencia española"
- ¿Cómo nació la idea de crear Tesoros y fantasmas de la ciencia española?
Yo estaba escribiendo un libro muy sesudo y sofisticado, de esos que tienen mil notas a pie de página y asustan a los lectores desde la segunda página (más que los libros de fantasmas)… ese libro se llamaba y se llama Fantasmas de la ciencia española (Marcial Pons, 2020). Y por otra parte, tenía y tengo un hermano, Paco, dos años menor, con el que crecí y me hice adulto. Es cineasta y llevábamos años diciendo:
-¿Y si hacemos algo juntos?
Pues nos pusimos a hacerlo y lo hicimos, una serie de alta divulgación para contar cosas ocultas, fascinantes y eruditas al gran público sin aburrirle ni darle la chapa.
- El título es muy evocador. ¿Por qué “tesoros” y “fantasmas”?
Tesoros porque son valiosos; fantasmas porque son difíciles de ver y exigen una suerte de restitución, un funeral digno, un reconocimiento, un lugar en la memoria.
- Hay dos temporadas de 5 episodios cada una ¿Qué caracteriza cada una de ellas?
Son parecidas, en ambas buscamos un episodio que ejerciera de banderín publicitario. En la primera fue el episodio de la vacuna de la viruela, estábamos en la pandemia. El tema tenía gran actualidad. En la segunda ese papel lo ha tenido el episodio de Cajal, el santo patrón de la ciencia española. Pero el proyecto es el mismo y el formato, también. Tres entrevistas a tres especialistas (archiveros, bibliotecarias, investigadores, artistas) para que nos hablen de esas piezas y esos episodios llenos de pasión y de curiosidad, de preguntas mejor o peor planteadas, de dudas razonables, de respuestas incompletas o provisionalmente satisfactorias. O sea, llenos de ciencia.
- ¿Qué nos revelan los dibujos de Santiago Ramón y Cajal más allá de su valor científico?
Que pensamos con las manos, como decía Bruno Latour, uno de los sociólogos de la ciencia más importantes del último siglo. Claro que mucho antes, Aristóteles, que tampoco era el peor alumno de su clase, dijo aquello de que “el alma, como la mano, es todas las cosas”. Los dibujos histológicos de Cajal son comparables a los diseños de máquinas de Leonardo o a sus dibujos anatómicos: una de las cumbres de la gran sinapsis entre ciencia y arte de todos los tiempos.
- ¿Qué importancia tuvo la expedición de Alejandro Malaspina en el desarrollo de la ciencia moderna?
Mucha y ninguna. Mucha porque supuso el canto del cisne de los reconocimientos ibéricos del Nuevo Mundo, el esfuerzo final de toda la Ilustración en una empresa enciclopédica y transversal como ninguna (desde la astronomía a la etnología, pasando por la botánica, la economía política o la geografía). Ninguna porque al regreso su comandante fue encarcelado y los materiales censurados. Y en ciencia, lo que no se publica no existe. La censura es el silencio. El final de la expedición Malaspina es la perfecta alegoría del carácter espectral de la ciencia española. Hay algo de maldición y condena en esta historia, bella y terrible como pocas.
- ¿Qué nos enseña el mapa geológico de España sobre la construcción de la identidad nacional?
Dos cosas. Primero, que para hacer un mapa de un país, primero hay que tener un país: sujetos competentes, medidas e instrumentos estandarizados, datos fiables, cuerpos profesionales. Y segundo, que pese a todo el relato del Regeneracionismo y el ‘98, España quizás solo era pobre por fuera, en apariencia. Su riqueza geológica es proverbial.
- La ingeniera hidráulica tuvo un gran exponente renacentista que se presenta en el episodio sobre Los 21 libros de los ingenios. ¿Qué nos muestra este documento?
Varias cosas: que en España se hacía ingeniería a la altura de las grandes contribuciones italianas del periodo, que España estaba en la vanguardia, que en España brillaba el ingenio. Además, nos muestra lo importante que era el agua, la energía y el motor de la vida y la economía de las sociedades preindustriales. Finalmente, también da cuenta de las sinuosas historias de la autoría, la atribución y las dudas sobre quiénes escribieron los libros que nos siguen fascinando.
- ¿Qué representa la carta de Juan de la Cosa más allá de ser el primer mapa conservado en el que aparece el Nuevo Mundo?
Si los mapas son artefactos magnéticos e ilusionistas de por sí, este lo es en grado máximo. El Nuevo Mundo aparece representado bajo un color verde que expresa la frondosidad de las selvas tropicales que encontraron los ibéricos en primera instancia, la sorpresa monumental de hallar en zona ecuatorial un clima caluroso pero húmedo, algo inesperado (los europeos creían que en las zonas tórridas el sol quemaba, pero el agua escaseaba). Y luego, Oriente, esa tierra mágica, repleta de tesoros, riquezas y seres portentosos. Esta carta portulana es una joya sin igual.
- ¿Hubo algún “tesoro” que se quedara fuera y que le gustaría abordar en el futuro?
Pues unos cuantos. Como sucede con los libros, hay más cosas fuera que dentro, no se puede llegar a todas partes (aunque tampoco es bueno querer llegar a todas partes). Me he quedado con ganas de dedicarle un episodio a los exiliados, los proscritos, y a las mujeres, claro. En el libro de Fantasmas de la ciencia española le dediqué un capítulo a dos mujeres que observan, la química Piedad de la Cierva y la pintora Maruja Mallo (exiliada, por cierto), pero en la serie faltan, yo las echo de menos, para qué decir otra cosa.
- La serie se apoya en especialistas que explican directamente las piezas. ¿Por qué este enfoque?
Un amigo nos dijo: habéis hecho una cosa revolucionaria, dejar hablar a los que saben. Bueno, quizás revolucionaria, no, pero sí un poco a contracorriente. En un mundo de tertulianos sin fronteras y opinadores cuñados, dejar hablar a gente que lleva estudiando toda la vida, y hacerles contar las cosas con naturalidad y sencillez es algo necesario.
- ¿Qué aporta el formato audiovisual a la divulgación histórica y científica?
Mucho. La belleza de los objetos, las imágenes, las estampas, las piezas, las arquitecturas, los espacios… hay cosas que precisan ser vistas. Y la narrativa, la imbatible combinación de relato, visualización y música que supone el cine. El documental es un medio magnífico para acceder a públicos diversos y a distancia. Es un lenguaje universal que nació ligado a la ciencia y que hoy ofrece unas posibilidades enormes.
- ¿Qué papel juega esta serie en el contexto actual de la ciencia española?
Yo creo que España necesita productos de cultura científica de calidad y que nuestra serie, modestamente, aporta su granito de arena. Además, hacer divulgación de la historia de la ciencia es lo más sencillo del mundo, pues nada hay más fascinante y atractivo que la historia de cómo hemos llegado a saber las cosas que sabemos, las preguntas que nos hemos hecho sobre nuestro entorno y nuestra propia naturaleza, las respuestas provisionales y fragmentarias que nos hemos ido dando.
- ¿Crees que el público descubrirá cosas inesperadas o que incluso puede cambiar la percepción de la ciencia española?
Ya lo creo. Yo mismo me sorprendo cada día que vuelvo a visitar estas historias o a profundizar en algún rincón o algún itinerario que dejé a medias. El mundo del conocimiento es infinito y a menudo te lleva a lugares insospechados. Y yo, desde luego, me daría por satisfecho si la gente descubre que en España siempre hubo ciencia, que nunca dejó de haberla: profesionales y amateurs, sabios e intrépidos, estudiosos de las cosas que nos rodean.