Antes de los satélites, la meteorología dependía de un objeto tan frágil como eficaz: el globo sonda. Llenos de helio o hidrógeno, estos globos ascienden hasta más de 30 kilómetros de altura cargando sensores que miden temperatura, humedad, presión y viento.
Lo sorprendente es que, pese a décadas de avances tecnológicos, los globos sonda siguen siendo insustituibles para muchas mediciones atmosféricas. Proporcionan datos directos y precisos de capas de la atmósfera que los satélites sólo pueden inferir de forma indirecta.
Cada doce horas se lanzan cientos de globos meteorológicos en todo el mundo. Se hace en lugares concretos y siempre a las mismas horas. Los globos suben, explotan y desaparecen, pero sus datos alimentan modelos meteorológicos globales. Una red invisible y silenciosa que, con una tecnología casi centenaria, sigue siendo esencial para saber si mañana lloverá o si se avecina una tormenta.
Imagen de portada: meteotek08